sábado, 19 de noviembre de 2011

INSOPORTABLES 1

INSOPORTABLES
Luego de tanto tiempo sin encontrar nada para decir, vuelvo aquí con uno de mis plomazos correos. Bueno, en realidad tampoco he juntado alguna cantidad de acontecimientos que resulten importantes, más bien creo que lo poco que tengo para contar cae en el campo de la intrascendencia más absoluta. Por ello en este caso intentaré hacer algo diferente, compartir algunas cosas que se me han tornado insoportables y que se cruzan en mi camino cada vez más seguido. Son eventos, personas, situaciones o rutinas que suceden sin darme cuenta, pero en la reiteración comienzan a molestar hasta que inconscientemente se tornan fastidiosas.
También la idea es pedirle a ustedes que si quisieran me envíen eventos, cosas y/o personas que les parecen insoportables, y así crear un blog entre todos, agregando cada tanto nuevos relatos . Y quien no desee exponerse, mantendremos el anonimato al publicarlo.
Aquí va la primera pequeña listita que seguro iremos ampliando juntos a través del tiempo:
NO SOPORTO MÁS
1) A tantos comercios de plaza que creyendo tener más onda si hacen publicidad en inglés, periódicamente meten un cartel tapando la vidriera con la palabra "SALE". Cada día me siento más y más tentado de mandar a hacer en una Imprenta varias bandas adhesivas, y en la oscuridad de alguna noche sin luna aparecer subrepticiamente en esas vidrieras, y debajo del afamado SALE pegar los adhesivos que traen la inscripción: " CON FRITAS"
NO SOPORTO MÁS
2) Al increíble REDUCE FAT FAST para adelgazar. En más de dos años tomando estas extraordinarias pastillas en los que he seguido al pie de la letra las instrucciones, los resultados negativos y en especial los rollos abdominales han sabido ganarme la batalla. No sólo me costó una fortuna traerlas de bagayo desde Buenos Aires, sino que en este lapso de tiempo ya llevo engordados 8 kilos. Los únicos beneficiados que conozco fueron Ethel Rojo, quien ya cumplió unos dos mil años pero según la publicidad está cada día más “Beia”. Y ni que hablar el bolsillo de Jorge Hané quien aunque ya facturó millones de dólares, aparece él mismo en el comercial para ahorrarse el sueldo de otro actor. Además, se quiere hacer el nene tapándose las entradas del cabello con desagradables rulos, armados durante horas por algún estilista venezolano a quien seguro le paga con canje publicitario.

NO SOPORTO MÁS
3) A esos conocidos desde hace poco tiempo, a los conocidos desde hace años pero que nunca se interesaron mucho en mi vida, a mis amigos íntimos, a los medio íntimos, y a los que ni sabemos en qué categoría de amistad se encuentran (si es que se encuentran en alguna categoría). Toda esa gigantesca colección de desubicados, que practican el deporte de encargar decenas de cosas a cualquiera, y que no sé cómo hacen para enterarse cada vez que viajo a algún lado para “vacunarme” sin piedad antes de mi partida. A todos ellos les informo: Jamás en mi vida le he pedido nada a nadie que haya viajado a donde fuera, ni por turismo ni por trabajo. Y a no los aguanto más, ésta situación se ha tornado insostenible. Lo realmente llamativo es que a través de los años ninguno ha bajado el nivel de necesidades materiales. Siempre tienen a mano en su billetera o a flor de labios la lista de “pavaditas” por si encuentran algún incauto que cometa el error de contarles que saldrá del país. Y para evitar traumarlos, para que estas afirmaciones no les provoque terminar en terapia sicológica durante un largo período, quiero pedirles a ustedes (ya saben quienes son) que:
Una vez en la vida cuando me encarguen esa horda de aparatos electrónicos, por lo menos dos o tres días previos al viaje hagan aunque sea el amague de mandar un par de billetes con la cara de Franklin. Siguiendo el manual de convivencia y buenas costumbres yo seguramente les contestaré que no es necesario, que a mi regreso arreglamos. Enseguida ustedes insistirán, pero no demasiado, no sea cosa que saliendo de vuestro cálculo les acepte y tengan que incomodarse en darme dinero de verdad. Yo les diré que no se preocupen que lo pago con tarjeta de crédito, y ustedes con voz firme responderán que están de acuerdo, pero a la vuelta haremos números. Todos sabemos que el único número que podremos hacer a la vuelta quizás sea alguno de magia. No quiero que se sientan tan acorralados por mis incisivas palabras, así que por favor no vuelvan a pedir que les traiga la laptop colgada al hombro o en el bolso de mano, pues casi no ocupa lugar. A partir de ahora cualquier encargue vuestro irá lo más apretadito posible en la valija grande, con mi sincera esperanza de que tal vez se estropee antes de empezar a usarse. Y ¡oh casualidad!, quédense tranquilos que justo me olvidaré del candado sintiendo el deseo íntimo de que me lo afanen lo antes posible en el aeropuerto. Entérense por este medio que las reales boludeces que hasta ahora me han solicitado se encuentran todas en nuestro país dentro de comercios que figuran en las páginas amarillas bajo el rubro: “CASAS DE ELECTRODOMÉSTICOS” y también “FOTOGRAFÍA y VIDEO”, donde aunque no lo crean podrían comprar allí pagando apenas unas chirolas de diferencia, además de tener la garantía y el respaldo por mal funcionamiento. Les comento también que hay decenas de empresas que no son ningunos chusmas, pero se dedican al lleva y trae en forma profesional, desde y hacia cualquier parte del mundo, y por poco dinero. Prueben, verán que no les miento. ¿No sé si saben qué es Google? Aquellos que a pesar de mi ruego decidan continuar mangueándome sin tregua, comunico por este medio que estaré atento a vuestro próximo viaje, vayan donde vayan, aunque sea a Shangrilá en el COPSA interdepartamental. Sepan desde ahora que la revancha será tremenda, feroz, y les voy a pedir a cada uno de ustedes como mínimo una tabla de wind surf con vela fluorescente. Quien no la traiga, no sólo quedaré ofendido sino que se atenga a que nunca más le dirigiré la palabra y pasará a integrar mi lista negra. No puedo leerles el pensamiento, pero sé que preguntarán: _Este tipo debe tener muchos amigos que lo garronean cuando viaja, entonces ¿para qué querrá tantas tablas? Es muy sencillo: Voy a instalar en verano una escuela de deportes acuáticos en el arroyo de Maldonado. Antes intentaré aprender aunque sea a pararme en la tabla. Pero la tabla con vela flúo será obligatorio traérmela, de esa no se escapa ninguno. Ni locos piensen que les pediría un Ipod nano que cabe en el bolsillo del caballero o en la cartera de la dama, y además lleguen a pensar que quedaron como reyes por los siguientes veinte años.
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NO SOPORTO MÁS
4) A los pintores de galaxias, planetas, lunas , estrellas multicolores etc, con esa técnica tan ecológica de largar sprays a diestra y siniestra, y que mientras ellos se protegen con tapabocas, toda mi familia se intoxica perfectamente cada vez que los nenes me imponen la pésima idea de recorrer en verano Ferias Artesanales. Luego de haber logrado escapar invicto varias veces, en la última oportunidad me ablandé más que nada por lástima al pobre artista, que acumulaba decenas de obras a su alrededor y nadie le compraba ninguna. Volví a casa con seis cuadros. Confundido por la oscura penumbra que brindaba esas dos lamparitas de 25 watts, algo en mi corazón quiso convencerme que se trataba de obras bonitas y originales. Al otro día la luz solar supo desnudar mi error de apreciación, igualmente opté por guardar silencio para no despertar sospechas femeninas.
Primero colgué algunos en el living y otros en el estar, aunque duraron menos que un suspiro, pues mi esposa decretó quitarlos de inmediato. Para no sentirme tan sumiso a sus sentencias apelé a la táctica napoleónica del repliegue defensivo transitorio, dividiéndolos entre mi dormitorio y el de los nenes. Tres horas aguantaron allí. Como si se trataran de figuras demoníacas fueron arrancados violentamente, acompañado por un ultimátum de 24 horas para que desaparecieran de su vista o ella los hacía volar a la calle. Por ahora no sé bien qué haré con los agujeros ni los tacos fisher que quedaron en las paredes. Mientras pasen desapercibidos dos de ellos seguirán colgados en mi baño, uno en la cocina para darle jerarquía al extractor, y el resto adornando clandestinamente el box del garaje. No obstante estoy convencido que estos artistas tienen que seguir adelante con su vocación, sin bajar los brazos ante ninguna adversidad. A ellos les propongo continuar metiéndole spray a lo bobo a cuanta madera y lienzo se le cruce por delante, tratando de intoxicar a la mayor cantidad posible de ciudadanos y turistas, grandes y chicos, sin discriminar a nadie ni por sexo ni edad. Los retratos colgarlos como exposición permanente en los troncos de los árboles de la Costa de Oro, especialmente en Parque del Plata, donde la cantidad infinita de pozos en las calles completaría maravillosamente ese paisaje lunar. Incluso en verano hasta Armstrong, Collins y Aldrin irían chochos de la vida para sentirse como en casa.
5) A la señora de Costa de Marfil quien cada tantos meses vuelve a enviarme un correo electrónico escrito en idioma AFR- INGLE -ÑOL. Insiste e insiste, no se detiene ni por tsunamis o terremotos. Si se quedara sin Internet o sin computadora seguro que me mandaría cartas hasta con palomas mensajeras. Ya perdí la cuenta en estos últimos 6 años la cantidad de veces que se casó y la cantidad en las que enviudó. Lo más curioso es que en cada ocasión buscó solamente candidatos del gobierno, quienes tenían la característica en común que todos eran completamente corruptos. Nunca pensó en convivir con algún vocacional de las tradicionales ocho horas laborales que le diera a cambio un sueldo digno. Al igual de lo que me había contado de sus maridos anteriores, el último también le dejó no se sabe si tres y medio o cuatro millones y medio de dólares, producto de una vida entera introduciendo sus extremidades en cierto recipiente metálico, o simplemente: metiendo la mano en la lata. Y ella no se olvida de quien soy, tiene una suerte de obsesión con mi persona, tal vez me conocía de hace años y me amaba en silencio. ¿Quizás haya sido una compañera de escuela que emigró de joven con su familia? ¿Me habrá encontrado en Facebook, o tal vez sin conocerme haya visto mi atractiva foto en Badoo?
Esta carta es real, así la escribió mi admiradora. La transcribo exactamente para que puedan apreciarla.
Estimado en Cristo,

Soy señora juana johnson de Kuwait .I casada con Sr. Philip johnson Él trabajó con la embajada de Kuwait aquí en Costa de Marfil para nueve años antes de que él murió en el año 2002. Nos casaron por once años sin un niño. Él murió después de una breve enfermedad que duró por solamente cuatro días. Antes de su muerte éramos ambos otra vez nacidos cristianos. Puesto que su muerte que decidía no remarry o no conseguir a un niño fuera de mi hogar matrimonial contra el cual la Biblia está.

Cuando mi último marido estaba vivo él depositó la suma de $3.5Million (cuatro millones de quinientos mil U.S.Dollars) en un banco aquí en Abidjan. Recently, mi doctor me dijo que no durar para los ocho meses próximos debido al problema del cáncer. El que me disturba es más mi enfermedad del movimiento. Sabiendo mi condición decidía donar este fondo a una iglesia, a un individual cristiano o a una organización que utilizarán este dinero la manera que voy a mandar adjunto. Deseo este dinero para ser utilizado para los orphanages, viudas, palabra del propagatingthe del dios y para esforzarse que la casa del dios está mantenida.

La Biblia nos hizo para entender que “bendecida es la mano ese giveth”. Tomé esta decisión porque no tengo ningún niño que herede este dinero y mi un montón de parientes no es cristianos y no deseo mis nuestros esfuerzos de ser utilizado por unbelievers. No deseo una situación donde este dinero será utilizado en una manera ungodly. Esta es la razón por la cual estoy tomando esta decisión. No estoy asustado de muerte por lo tanto que sé adónde voy. Sé que voy a estar en el pecho del señor. El éxodo 14 CONTRA 14 dice que “el señor luchará mi caso y yo llevará a cabo mi paz”.

No necesito ninguna comunicación del teléfono en este respeto debido a mi salud y la presencia de los parientes de mi marido alrededor de mí siempre. No quisiera que supieran sobre este desarrollo. Con el dios todas las cosas son posibles. Tan pronto como reciba tu contestación te daré el contacto del banco aquí en el Abidjan, y las entrarás en contacto con para hacia adelante transferir del fondo a tu destinación. También te publicaré una letra de la autoridad que te pruebe el actual beneficiario de este fondo. Quisiera que tú y la iglesia rogaran siempre para mí porque el señor es mi shephard. Mi felicidad es que viví una vida de un cristiano digno. Quienquiera que desea servir al señor debe servirlo en alcohol y verdad.
Rogar por favor siempre todos con tu vida. Y cualquier retrasa en tu contestación me dará el sitio en sourcing otra persona para este mismo propósito.

MI ESPAÑOL NO ES MUY BUENO Y PUEDES ESCRIBIRME EN INGLÉS.
Asegurarme por favor que actuarás por consiguiente como indiqué adjunto. El esperar recibir tu contestación.
Seguir bendecido en el señor.
Gracias,
juana johnson

Empieza sugiriendo que soy un estimado en Cristo, lo que demuestra que no me conoce tanto, pues las pocas veces que entré a la Iglesia fue sólo con el objetivo de asistir a algún casamiento de amigos. Vuelve a reiterar que desea de corazón mandar su fortuna a mi cuenta. Hasta ahora no le contesté en parte por falta de tiempo, pero más que nada porque me huele a cuento del tío. Aunque si llego a responderle, lo primero que haré es preguntarle si piensa que soy un tipo desesperado por dinero, alguien que haría cualquier cosa por enriquecerse, sin importar cuánto deba arrastrarse. Si en verdad cree que yo sería capaz de soportar humillaciones a granel por esa ridícula cifra, le diría que……………………………………………………………………………………… ……………………………………………………………………………………………………………………………………………….., ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ACERTÓ COMPLETAMENTE DOÑAJOHNSON!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
!!!!!!!!!¡MAÑANA ARRANCO PARA COSTA DE MARFIL!!!!

Pensándolo mejor, ¿quién le habrá sugerido que en Uruguay alguien podría recibirle tremenda suma? Seguro desconoce nuestra legislación y no le avisaron que si lo acepto al otro día me cae BPS, DGI a liquidarme IRPF, IVA e IRIC, y ni que hablar la Intendencia con su afamado “alcantarillado” que nadie sabe para qué es ni a dónde va a parar el dinero. No sólo me dejan en cero, sino que además quedaré debiéndoles una fortuna que me obliga a hacer convenios de pago en veinte años, o esperar esa salvadora y proselitista amnistía que prometen cada uno de los gobernantes de turno poco antes de las siguientes elecciones, aunque a posteriori nunca se lleva a cabo.
Aclara que su español no es tan bueno. No soy erudito del idioma, pero creo que se elogia demasiado y su autoestima es verdaderamente alta. Me imagino entonces que alguien le ayudó a escribir, y no se lo habrá hecho gratis, seguramente le cobró por la traducción. A esa persona quiero comunicarle lo siguiente:
-Chorro, le afanaste la guita a la viuda, ¿por qué no te vas a traducir el libro de Cordón Bleu al Esperanto?
También me desconcierta cuando habla de dos personas: un tal believers y su aparente socio llamado godly. No aclara qué es lo que hacen, supongo son un par de monaguillos que protestan porque los tienen encerrados en la Iglesia, y están repodridos de levantarse temprano los domingos a dejar todo pronto y limpio para la Misa de Abidjan. Y la doña sigue desvariando con más palabras y nombres raros.
Donde dice que el señor es su shepard, ¿se referirá a Juka, el líder del sexteto electrónico moderno? Si mi teoría es válida, seguro la tengo vista de aquellos años cuando los domingos a las 8 pm arrancaba pa los bailes (drinks) del Náutico a romper la noche. Ahora que lo pienso en retrospectiva, a esa edad nunca logré sacar a bailar a nadie. Lo único que recuerdo logré romper fue aquel despertador que me taladraba los oídos en la madrugada del lunes para ir al Liceo.
Sugiere que al señor hay que servirlo en alcohol y verdad. Tengo la inmensa duda de qué tipo de alcohol le gustará al señor que le sirvan. Estuve investigando este tema y considero que en la Biblia donde me podrían aclarar ello es en la burrera, por lo tanto voy a consultar a un grupo de conocidos adoradores de Baco quienes tienen cero faltas los fines de semana siguiendo alguna fija en Maroñas Pero lo que no pude descifrar de esa encriptada carta es cuando me pone decidía no remarry. No sé si quiere volver a casarse y pide hacerlo conmigo, o solicita que le maneje un bote para escapar de África.
Y más allá de que nunca contesté a Juanita (a esta altura la llamo afectuosamente así pues ya somos como chanchos), me quedaron varias dudas existenciales sobre su apellido que la próxima vez le preguntaré:
¿El marido no habría sido el fundador de la principal fábrica kuwaití de ceras? ¿O tal vez vendía pañales por mayor en sociedad con algún pariente cercano? Quizás se trate de aquel atleta que le encantaba drogarse en las Olimpíadas antes de cada carrera, y cuando ganó en Seúl ni quiso saludar a Carl Lewis en la llegada, de asqueroso que era nomás. ¿Habría amasado tanta fortuna por sus memorables actuaciones de “Vicio en Miami?”, siempre con el traje blanco y la camiseta tres talles más chica, donde se jugaba la vida en cada capítulo?
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6) Siento un shock eléctrico recorriéndome toda la espina dorsal, como si un rayo me estuviera atravesando en noche de tormenta cada vez que recibo algún correo electrónico que termina con la frase:
Enviado desde mi Blackberry También me invade un gran ataque de mal humor cuando estoy conversando con alguien que usa esta marca de celular, y de pronto se escucha una música rara porque le entró un correo. Ellos son diferentes, se sienten distintos, no pueden reaccionar como el resto de los mortales y dejarlo para leer en otro momento. No, no, de ninguna manera. Se suspende todo lo que estén haciendo, absolutamente todo porque contestar el mensaje desde el Blackberry es una misión sagrada, la religión blackberrista así se los impone por contrato. Manténganse atentos por favor que vuestro líder espiritual, su majestad Blackberro I en cualquier momento les enviará ese esperado mensaje celestial desde el Jet privado, o desde la mansión en Los Ángeles para pedirles que se despojen de todos los bienes materiales y se los envíen a su cuenta bancaria. Cuidado si los invita a convivir en una comuna de la Guayana, háganme caso y no vayan. Cambien urgente la marca de teléfono y de compañía. Estén tranquilos que nada malo les sucederá si hacen contrato con CLARO o con Ancel. La vida sigue igual sin Blakberry, confíen en lo que les digo. Algo que me divierte es la guerra virulenta que libran los feligreses de esta Logia contra los herejes aristócratas de Iphone. Ambas partes saben que es entre ellos la “pelea” por demostrar quién está más en la vanguardia tecnológica, A los demás nos consideran casi unos parias sociales, cuerpos humanos sin alma ni cerebro deambulando por el limbo de la ignorancia, y nos ubican en la categoría outsiders, igual que aquellos fanáticos a quienes hacía referencia el negro jefe en Maracaná. Ni que hablar que soy integrante del grupo “los demás”. Apenas logro observar esa disputa a una distancia de años luz, casi casi llegando a Melmac. Mi celular es más elemental que Watson, digamos para que se entienda bien, …………una versión equivalente al que usaba el sargento Saunders en sus peligrosas misiones de “Combate” , cuando los sábados de noche y antes del Club del Clan intentaba comunicarse con jaque mate rey dos presentándose bajo la secreta contraseña de torre blanca. Además no sé por qué casi a diario se queda sin señal. Me ha pasado decenas de veces estar hablando y que se me corte la llamada hasta debajo de un quincho parrillero. No sé si es el más viejo del mundo, tal vez haya otro de mayor antigüedad, pero lo seguro es que mi teléfono posee menos alcance que las medidas del gobierno, y en lugar de antena creo que trae Radiolandia.
7) No resisto ya ver a nadie más en ninguna parte del mundo que se presente a programas de TV como imitador de Michael Jackson: Pelo largo, lentes forma rayban y espejados al estilo “el chino malo de la película”. Pantalón negro 5 centímetros más cortos, medias blancas, sombrero símil tanguero, y lo más patético: ese guante color intento de plateado tejido por su tía o abuela con aguja gruesa, lo que les da más bien aspecto de trabajador municipal levantando contenedores de residuos.
Menos aún aguanto a los imitadores de Elvis, con ese jopo antiestético armado gracias a un frasco entero de Lord Cheseline o Glostora, cuello Napoleón más los clásicos pantalones blancos Oxford y zapatos al tono con desagradable punta. Sin embargo hay algo interesante a destacar de estos señores que intentan ganarse la vida con su disfraz, y es que pueden tener distintos cuerpos, sean de talle regular, gordos o flacos, ya que cualquiera logra cubrir alguna de las etapas de ídolo americano, quien a través de su vida artística supo lucir desde 60 hasta 130 kilos. Entre estos Elvises aparece siempre otro subgrupo de especimenes, generalmente de origen argentino dotados de voluminosa barriga y peso acorde, nariz nada respingada de generoso tamaño. Pero al tener profundo desconocimiento del inglés y del canto en general , aprovechan la indumentaria , el cabello largo y las patillas anchas para largarse a plagiar a Sandro, impostando una voz grave y temblorosa sin olvidar el llanto obligatorio al final de cada tema , mientras algunas parientas de incógnito le tiran sus bombachas desde la platea con el fin de darle mayor realismo a la actuación.


8) Es terrible cuando llego tarde a la cola del cine, la película a punto de empezar, delante mío cien personas y yo calculando que si de milagro logro ingresar a la sala me tocará la primera fila, teniendo así la excelente posibilidad de no ver absolutamente nada. También sé de antemano que sin lugar a dudas luego de la película me iré a dormir completamente contracturado, desde cuello hasta el coxis. Pero lo que funciona como perfecta ley de Murphy es que siempre la otra cola va rapidísimo, y debo tolerar estoicamente la humillación de contemplarlos avanzar sin detenerse ni un instante. Porque ellos usan esa tarjeta de crédito que jamás nadie me ofreció, y que les regala hasta el alma. Con convenios 2x1 más pop, más refresco, más una llamada gratis a la insufrible señora que tira las cartas del tarot a medianoche en VTV, más pasajes a Cancún con estadía paga, pero que luego de leer la letra chica incluía sólo el desayuno, y tanto los impuestos como las cenas costaron una fortuna y había que pagarlos aparte. Ellos transitan con enorme placer, como si navegaran en un velero empujado por la sudestada, o sobre un caminador electrónico programado a cincuenta kilómetros por hora. De pronto me llama la atención que todos desde la otra cola me observan a mí, sólo a mí. No entiendo por qué no se les ocurre fijar sus ojos en otras personas, además con esos rostros mostrando clara expresión de morboso desprecio y goce mayúsculo. Prácticamente puedo leerles el pensamiento y ni que hablar los labios:
_Mirá gil de lo que te perdiste por no haber sacado ITAÚ De inmediato se me despierta el gen autotorturador, quien manda una orden a la neurona N394 para obligarme a oír dentro de mi cabeza el jingle de ese trío de pelmazos, que como un disco rayado solo saben repetir una y otra vez que algún día me voy a avivar. Confieso que si al salir del cine regreso de madrugada a casa, me olvidé las llaves adentro y estos falsos mariachis se paran enfrente a cantarme su pegadiza tonada, directamente me subo al auto y les paso por arriba. Luego ya sabemos donde les meto el par maracas y esa guitarrita de juguete (el arpa es demasiado grande)

sábado, 17 de julio de 2010

DENTRO DE TAXIS Y DE POLERAS

Dentro de taxis y de poleras

(Dedicado a mi sobrino Adrián quien fue el inspirador de este relato)

La semana pasada estuve en Buenos Aires, y entre otras actividades me dediqué a perder tiempo andando de acá para allá metido en taxis. Otro viaje más donde vuelvo a corroborar la diferencia entre las magníficas fotos de los hoteles por Internet con la triste realidad de las habitaciones. Otro viaje en el que vuelvo a corroborar el original espécimen que es el taximetrista argentino con sus infinitos conocimientos deportivos , sitios clandestinos donde comprar barato ropa de marca, y por sobre todo, lo empapados que están en política y absolutamente pendientes de la vida del presidente, senadores y cada uno de los gobernadores provinciales.
La primera regla de oro que cumplen siempre es recibir al pasajero con la radio a todo volumen, no importa quien quede sordo. Puede ser música, algún relato futbolístico, o esas profundas polémicas entre panelistas aportando temas de real trascendencia para la sociedad, como los sentenciados en Showmatch y el rival de Ricardo Fort en su última pelea.
La segunda regla que respetan con solemnidad es el bocinazo a cualquier automovilista que cometa el mínimo error o se demore más de medio segundo para salir del semáforo. Para ellos las cebras de las esquinas son señales que indican:
“Acelere por favor, si mata a alguien quédese tranquilo que fue culpa del peatón, usted nunca va a ir preso”
La cantidad de años al volante, lejos de haberles dado calma y paciencia para enfrentar la jungla de cemento, los ha convertido en polvorines listos a explotar ante el menor conflicto. Tanto el dale boludo como el apurate pedazo de pelotudo son moneda corriente, digamos un billete de cinco pesos, y vociferados a diestra y siniestra cada jornada laboral con absoluta naturalidad, como quien saluda con un buen día o al llegar a su hogar pregunta qué hay para cenar. Todas las palabrota son válidas, no hay ninguna que se inhiban de espetar ni siquiera cuando llevan clientes del sexo femenino.

Salí de la terminal de Buquebus y paré un taxi. Todo mi equipaje era una valija mediana y le había metido poca ropa ya que iba sólo por dos días, pero también para ver si sirven de algo los consejos de Don Borges.
El taxista si bien se bajó, saltaba a la vista que lo hizo de mala gana. Abrió el baúl y,… ¡oh sorpresa!:
Tal vez hubiese lugar para un bolso deportivo o una “chismosa” de almacén con medio quilo de kiwi a lo sumo.
Mi valija hizo su mejor esfuerzo, pujó y pujó cual parturienta al final de la semana cuarenta, pero sin la mínima posibilidad de ingreso, pues una garrafa de gas ocupaba más de la mitad del espacio. El sector izquierdo lo cubría un balde lleno de herramientas, la campera de abrigo a la derecha, y en el centro la rueda auxiliar completamente lisa y desinflada. Valija al asiento delantero, y en caso de pinchar, tragedia absoluta.
Al entrar sentí en el ambiente un penetrante olor a grasa de auto mezclado con el de muchos cigarrillos negros. Me tapé la nariz para que se me impregnara lo menos posible, y me puse a observar en el interior algunos elementos decorativos que pretendían ayudar al vehículo a estar mejor “tuneado”.
Del espejo retrovisor colgaba el clásico rosario, y un diablito vestido con camiseta roja portando un símbolo en su pecho con la sigla C.A.I. Sobre el tablero, un pequeño portarretrato imantado con tres fotos de esposa e hijos, y debajo la frase:
”NO CORRAS PAPÁ, TE ESPERAMOS”.
Busqué a mis espaldas y sólo estaba el plumero, pues el leoncito que mueve la cabeza de seguro se escapó a Sudáfrica a encontrarse con Zakumi, la mascota oficial (¿se habrán conocido chateando en Facebook durante el mundial?).
Y ya nos acompañaba en los parlantes el potente sonido de bandoneones, luego el piano y al final ingresó el grupo de violines, mientras el cantante se esforzaba por imitar a Julio Sosa aunque con escaso éxito.
Sólo para que bajara los decibeles traté de abrir el diálogo con la infalible pregunta de cómo anda la cosa en el gobierno.
Tarea cumplida, bajó la perilla.
(Varios segundos de silencio, parecía estar eligiendo la mejor respuesta)

_“Mire maesstro, la corrupción de esste paíss se ve en todos ladoss, dessde lo más alto hassta lo máss bajo. A loss políticos tendrían que meterlos presos a todosss, acá el sisstema essta repodrido.
Él era peronisssta a muerte, pero arrepentido de haber votado a esta manga de chorrosss. Y no solamente conocía la cantidad que llevaba robada el gobierno actual, sino que también lo saqueado por los últimos tres anteriores. Hablaba con la seguridad y firmeza de quien domina los números, como si un espía dentro La Casa Rosada le hubiese mostrado documentos clasificados. Cuando le pregunté si tenía informes concretos, respondió con naturalidad que había elaborado un ranking de desfalcos:
_Los Kirchner se chorrearon quinientosss paloss.
_ ¿Usted me habla de millones de,… pesos?( puse voz de tontito)
_¿Ma qué pesosss?, ¡DÓLARESSS MAESTRO!!! contestó, al tiempo que juntaba las yemas de todos los dedos de su mano derecha.
_¿Y Menem? , pregunté con falso tono de interés.
_Mil palos.
_ ¿De la Rúa?
_ No, ¿ese essstúpido qué se va a afanar? No llegó ni a cincuenta paloss.
¡Asombroso!! Me respondía con la velocidad del Sheriff al desenfundar su arma contra los forajidos en aquellos épicos duelos del Lejano Oeste.
Quedé pasmado, pensativo. Bueno al menos De la Rúa tenía valores morales, era de códigos y con ética. Comparado con los otros dos, cincuenta millones no es nada ¿verdad?
Y el tipo manejaba las cifras al centésimo. Menem no se había robado ni novecientos ni mil doscientos, la justa habían sido mil millones exactos, ni un peso más ni un peso menos. Llegó a mil millones y paró. Stop, hora de retirarse.

Me devanaba los sesos, ¿cómo un simple trabajador de taxi pudo acceder a datos tan precisos y actualizados? Este hombre era oro en polvo para la CIA, y yo el único privilegiado con quien compartía sus intimidades. De haber tenido un grabador en ese momento dejábamos a Watergate como simple chusmerío de Intrusos, como lío entre vecinos.
En mi mente el lado salvaje se moría de ganas de acusarlo de fantasioso e infantil, aunque preferí guardar silencio porque había venido a disfrutar, no a calentarme. Pero con el tráfico porteño deteniéndonos a cada minuto esto iba para largo, así que busqué cambiarle abruptamente de tema.
Esa mañana temprano en el barco había estado hojeando el diario, por lo que un par de mis neuronas olvidaron almacenar la palabra piqueteros. Acá si yo pagaba el viaje, él debería gastar algo de saliva en cosas que me agradaran a mí, no a él. Él y sus juicios no eran importantes. Sólo los míos lo eran. Acá se iba a hacer mi voluntad
Con voz firme y autoritaria pedí que opinara sobre Botnia y ese amor devoto que le profesa el pueblo de Gualeguaychú.
Contestó algo breve, aunque nunca voy a saber qué fue, pues justo se iniciaba en la radio un nuevo dos por cuatro a cargo de Gardel y su team de guitarristas.
Él tampoco oyó mi pregunta o comprendió cualquier otra cosa, porque casi sin tomar aliento se largó a disertar sobre el grave mal que causa la diabetes. Punto. Fin del diálogo, el tema Botnia terminó antes de empezar. Sacó la jeringa y sin pasarme ni un poquito de alcohol me vacunó en frío. Necesitaba conversar de diabetes, era su hora de terapia y no había tenido con quien desahogarse. Alguien lo iba a escuchar, alguien le oficiaría de esponja absorbente. Lamentablemente me tocó estar en el momento equivocado, en el taxi equivocado,…… y perdí como en la guerra.
Nunca podré entender con claridad si él o qué pariente tuvieron, tienen o tendrán exceso de azúcar en sangre, pero encontraron EL remedio casero aconsejado por un tal Riverito. Lo más maravilloso de Riverito era que, habiendo estudiado abogacía (y conste que menos de dos años), igual lo consultan hasta profesores de medicina.
La receta milagrosa y simple del casi procurador parece ser el alpiste, ese mismo alpiste que integra la dieta de los pequeños gorriones y tantas otras aves.
Siguiendo las directrices del gurú, ingiere todas las mañanas en ayunas una cucharada sopera de alpiste y la ayuda a bajar con agua sin gas. De esa manera concluyó, se le habían regularizado los valores en sangre y ahora en cada comida ya puede entrarle a los dulces con firmeza, sin tener cargo de conciencia:
Tortas, flanes, chocolates, alfajores, variedad de mermeladas y como si estuviera frente a la pizarra de La Cigale, nombró más de veinte sabores de helados. Despacio y relamiéndose me paseó por todo el bolillero postreríl, justo a mí que los médicos no me permiten ni mirarlos fijo. Pero era tarde para reproches, la baba ya me caía a borbotones, tenía nublada la vista y mis ojos entrecerrados.
Apareció de no sé donde la imagen de mi cuerpo en una piscina olímpica llena de chocolate derretido, chantilly, y almendras flotando por toneladas. Mientras nadaba pecho lentamente, iba dando suaves brazadas y abriendo la boca cada treinta segundos, metiéndome a piacere crema, luego chocolate, y cada tanto mezclaba el brebaje con las almendras.
De alguna manera y contra mi voluntad volví a la realidad, le pregunté si conocía el famoso postre Martin Iron de añeja tradición británica, a base de cuartirolo cheese and sweet of membrillo (hice el mejor esfuerzo para pronunciar la palabra membriiou en inglés cerrado).
No se inmutó y ni contestó, él continuaba concentrado en su mundo, yo era un árbol, un poste de luz, lo que le dijera resultaba irrelevante.
Contó que había empezado a darle también alpiste a losss pibesss en el desayuno (me los imagino a diario con la energía y el entusiasmo para ir a la escuela).
¡Qué increíble! ¡Lo ignorante que fui todos estos años! ¡Entonces los creadores de la Diaformina son unos chantas de cuarta!
Cada dos o tres frases volvía a la carga con Riverito, que Riverito esto, que Riverito aquello. A decir verdad había trascurrido menos de quince minutos y ya me fastidiaba Riverito. Pero más por la devoción del relato que por interés, traté de hacerme la película de como sería este chamán Riverito:
¿Una criatura intergaláctica caída en La Pampa dentro de algún meteorito? ¿o un experimento secreto de la NASA? Seguro que sus células estarían formadas por un coctel de ADN de los doctores: House, Selby Scholl y hasta Cándido Pérez
Estuve a punto de preguntarle cuando partiría “nuestro”
amigo Riverito al Instituto Pasteur para integrarse a la cátedra de endocrinología, y si pudiera conseguirme el teléfono para ofrecer mis servicios de agente literario. Había vislumbrado el gran negocio de dirigir el lanzamiento a nivel mundial del tratado:
” THE DIABETES AND THE ALPISTE” (by the great little Rivero)
El hombre seguía tan compenetrado que las manos le empezaron a temblar y sudar, en su cuerpo se iba produciendo una metamorfosis ¿No estaría ya poseído por el demonio azucarero? ¿Qué pasaría si ingresaba en trance y se ponía a flotar en el aire en posición horizontal, como Linda Blair en el exorcista? Acá nos matábamos sin previo aviso, luego aparecíamos en Crónica, acompañados de esa infaltable y estridente marcha musical que meten morbosamente cada vez que hay una desgracia.
No había como pararlo, las palabras fluían cual catarata del Niágara y su lengua descansando menos que el ingenio popular, arengándome en creciente y descontrolada idolatría. La misma idolatría que el pueblo se ha habituado a profesarle a San Maradona y a otros tantos mortales argentinos sólo por saber cantar, bailar o adquirir fama contando intimidades frente a cámaras y en revistas de nivel periodístico cero. Queda claro que el monoteísmo no es el fuerte de nuestros vecinos.

En ese momento recordé hace años el encuentro con un “yuyero” de feria barrial, quien como la mayoría en su ramo se había autoproclamado autoridad en diabetes, aunque un sexto sentido me decía que era el típico timador de la más alta alcurnia. Lo confirmé en poco tiempo al probar sus pócimas mágicas de repulsivo olor y peor sabor. Tras dos semanas incluyendo varios litros con el almuerzo y la cena, sólo logré que me saliera bruto sarpullido en la cintura tipo culebrilla, fuerte diarrea ya se sabe dónde, y azúcar hasta por las rodillas. Posteriormente la culebrilla me la intentó curar una bruja, quien luego de desnucar una gallina la agarró del cogote y anduvo revoleándomela por sobre la cabeza, al tiempo que ni sé cuantas veces me eructó en la cara con un aliento a cebolla y resaca de vino patero o tetrapack. Al final, ya sin ideas como seguir, balbuceó en portuñol fronterizo que el trabalho que alguien me había hecho por envidia fue de los más complicados que hubiera enfrentado, pero ella con esmero había logrado destrabalharlo. No sólo me sacó el mal de ojo sino también cien dólares. Por cien más ofreció leerme la borra del café y tirarme los buzios. Me escapé corriendo.

Mientras él taxista seguía con su monólogo, volví a usar ese sofisticado mecanismo de evasión que aprendí hace tanto, haciendo que en mi cabeza su voz fuera bajando intensidad de a poco, al tiempo que iba subiendo el de varios pensamientos llegados uno atrás del otro en fila india:
Entonces, ¿qué sucede con esos laboratorios suizos, alemanes y americanos que gastan incalculables fortunas al estudiar gran variedad de enfermedades, que además contratan a los mejores investigadores del mundo buscando soluciones para millones de insulinodependientes en los cinco continentes?
¿Y si llamo a ROCHE para explicarles que hasta hoy han perdido el tiempo con costosos, largos e innecesarios ensayos? Les aconsejaría consultar a otros colegas científicos por si tuviesen en casa algún canario o zorzal campestre, una cotorrita atorranta, que sé yo, serviría incluso un jilguero que anduviera afónico o hasta mudo. Que les hicieran a las mascotas la curva de glicemia para confirmar las extraordinarias propiedades del alpiste. Sencillo, sin misterios. La llave para el premio Nobel.

Por fin el chofer se aplacó y guardó silencio durante escasos segundos, tiempo suficiente para pasarle un aviso y pedir que se detuviera en la siguiente esquina. Faltaban dos cuadras para llegar al hotel pero no lo aguantaba más.

Cuando descendí y el taxi partió, mis ojos quedaron fijados a la publicidad sobre la marquesina de un comercio. Quise distraer la mirada hacia otro lado pero no podía, me encontraba fascinado, hipnotizado, y al instante retrocediendo en el tiempo abruptamente, como si pisara el acelerador a fondo dentro de la coupe Delorean en “Back to the Future”.
El cartel rezaba la palabra VANLON y mostraba a su lado una pequeña letra®, clara advertencia que la marca estaba registrada y pobre a quien se le ocurriera vender algo con dicha etiqueta. Debo decir que desde que tengo uso de razón y hasta ese momento había estado convencido que el nombre del producto era Banlón con be larga, por lo tanto este anuncio me confundía por completo, me había jaqueado culturalmente.
Para quien no la conozca, Banlón era una fibra fácilmente estirable usada en gran variedad de prendas. Apareció enseguida a mi memoria el Crofil seis, también otra fibra pero hecha por Sintéticos Slowak, y la tan afamada tela Bonding que nunca entendí cómo, cuando y por qué alguien decretó que debía ser usado como sinónimo de ómnibus y el resto de los rioplatenses lo acatamos mansamente.
Pero volviendo al Banlón o Vanlón, como sea, se había iniciado un torrente de recuerdos vinculados al nombre, a esa época de grandiosa nostalgia.
Allí estaba la imagen de aquella señora llamada China, amiga de mi madre y con quien compartió la infancia, pero ella había emigrado a Buenos Aires en su adolescencia. Supongo que en las primeras décadas del siglo XX estaría de moda ponerles este nombre a las hijas, el mejor ejemplo lo dieron don Zorrilla y su esposa. (A veces me pregunto si no caminarán por las calles de Pekín algunas mujeres cuyo nombres de pila sean “Uluguasha” o “Algentina”.)
En fin, lo importante que la China y mi madre continuaban la amistad, y a la vez su esposo dirigía una fábrica de ropa para ambos sexos, donde todo lo que producía era a base de Banlón. En cada viaje de mis padres a la vecina orilla se encontraban con esta pareja y jamás olvidaban comprarles algo para traer de regalo, aunque también intuyo que para “darles una mano”.
Invariablemente regresaban con decenas de poleras para mí, para mis hermanos, primos y tíos, y sin importar si mis padres iban dos, tres o diez veces al año, en casa ya sabíamos que volverían con el infaltable paquete de poleras. Nunca me llegó esa tan necesaria bermuda floreada para estrenar algún verano en la Mulata, ni siquiera la sunga atigrada para poder pavonearme frente a las chicas por la orilla de la Ramírez. Y menos que menos la campera Astronauta , los mocasines de Guido, o aquel añorado pantalón Edu oxford con piel de durazno, donde la gente hacía más de tres horas de quilométricas colas en la puerta de Eduardo Sport para tener el privilegio, el honor de adquirir uno.
Igualmente soy un eterno agradecido por cada regalo que recibí y jamás quise desairar a mis padres con quejas nimias. Lástima que nunca llegaron a comprender que todo ese grupo de codiciada indumentaria eran herramientas indispensables para cualquier joven que pretendiera obtener patente de camba.
En mi familia la polera fue el eterno abanderado, la llama olímpica, el presente insignia, la nave nodriza de las pilchas que ya sabíamos estarían en primera plana ni bien se abrieran las valijas. Así el vasto ajuar de mi ropero lo componían:
El vaquero Far west, en cuya grifa trasera le pintaba encima con drypen la palabra LEE, pero siempre me quedaban las tres letras muy desprolijas, movidas, y de tamaño completamente diferente a las originales. Tres calzoncillos Gino Paoli y cuatro BVD idénticos a los que promocionaban los jóvenes alcanza pelotas en el Estadio. El par de Incalcuer todoterreno suela de goma, aquellos veintiúnicos championes Funsa regalo de Reyes que debían resistir como mínimo hasta fin de año, y treinta poleras de Banlón en gran gama de colores, varias de las cuales en invierno supieron oficiar de pijama. Dejemos constancia que para mí cualquier vestimenta hecha de Banlón era algo altamente prestigioso, un plus de elegancia, le daba al usuario absoluta jerarquía. No tenía ni comparación con la vulgar fibra de camisas Porex, esas que al ponértelas en pocos minutos ya sentías como que te estabas dando un baño María, o habías recibido un rabioso golpe de aliento de la esposa de Burro, el fiel compañero de Shrek.
El Banlón era el Banlón, el género de la high society, sólo for the Carrasco people and other pocos elegidos. Con ese original argumento quería siempre mi madre lavarme el cerebro, venderme un buzón, convencida que yo carecía de criterio propio y al salir de paseo o a una fiesta me daría igual encajarme desde un hot pant hasta un poncho patrio.
Pero aún así, con mi vestuario tan limitado y condicionado por mis padres, hubo cierto secreto que supe guardar con especial celo y jamás saqué a la luz. Hoy tantos años después estoy arrepentido, porque de haberle notificado al esposo de la China en tiempo y forma, tal vez le habría ayudado a escapar de una catástrofe económica que a la larga igualmente se produjo.
Mis dos hipótesis son:
A) En esa época a pesar de mi corta edad, podía ser que mi cuello fuera deforme, mucho más ancho que el del resto de la población mundial. Nunca quise hacerlo público, evitaba siempre llamar la atención y que la gente se quedara observándome como si estuvieran frente al casero clandestino de NotreDame.
B) Lo más probable que causó la debacle de la empresa fue que el molde de poleras medía tres centímetros menos de los necesarios en la sección del cuello, para que cualquier traquea dejara pasar libremente oxígeno a los pulmones. Y aunque no viene al caso hacer alusiones bíblicas, igual creo que sería más factible que un pecador entrara al reino de los cielos a que alguna cabeza de homo sapiens pasara por ese agujero.
Ni bien lograba el arduo objetivo de entrar en la polera, ya me sentía cual pajuerano paseando solito y despreocupado por Londres, noche negra, sin luna ni estrellas. De pronto entraba al clásico callejón superoscuro, donde nunca falta esa espesa niebla que anuncia crimen inminente, y además logra asustar hasta al más machote de los machotes londinenses. Allí caía en las garras de algún estrangulador profesional que justo estaba cubriendo el turno de la madrugada.

Llegué caminando al hotel, subí a la habitación, tiré la valija adonde cayera y bajé de inmediato. Paré otro taxi. Al abrir la puerta ya me aguardaba la radio a todo volumen. No iba a dejar pasar mucho rato en preguntarle al chofer por la corrupción en el gobierno, y por supuesto, como no podía ser de otra manera si había algún pariente diabético en la familia, pues él tenía el privilegio de llevar como pasajero a uno de los pocos habitantes del planeta conocedor del remedio económico, natural y fundamentalmente, de-fi-ni-ti-vo sin necesidad de fármacos. Y si el hombre se me habría querido escapar con otro tema, le cerraba el paso tirándole con la completa información que poseo de las cantidades que han robado sus propios gobernantes en los últimos años.

sábado, 8 de agosto de 2009

PESCA MAYOR

Pesca mayor

Como es tradicional la mayoría de las anécdotas que me suceden son en función de que mis hijos se aburren todos los fines de semana, y aún más durante las vacaciones de julio. También, y aunque parezca que no guarda relación alguna , quiero contar que mucha gente me envía montones de correos que siempre traen el mismo contenido y siempre los borro antes de abrirlos, pero no hay caso y cada pocas semanas esos correos se las ingenian para regresar tan campantes como boomerang mimoso, sin guardarme el mínimo rencor. Y si cometo el error de abrirlos, se repite una y otra vez el tema de la nostalgia recordando nuestra niñez en los años sesenta, setenta y ochenta, lo que hacíamos para divertirnos, los juegos rudimentarios que practicábamos sin soñar siquiera que algún día aparecerían el Play Station y un muchacho de profesión plomero llamado Mario Bros.
La primer semana de julio decidí llevar la familia a Punta del Este, básicamente por no seguir con la acostumbrada presión de mi señora espetándome que los nenes están siempre encerrados, pero además para evitar en el futuro a decenas de sicólogos quienes luego de succionarme miles de pesos me plantearán un panorama oscuro, sombrío, de que los niños quedaron con esos baches afectivos porque no los sacaba en vacaciones a ningún lado, que debí dedicar calidad de tiempo sin importar tanto la cantidad, que nunca es tarde, en fin …. …..toda esa perorata de la culpa que tan bien manejan y que logran tan fácilmente hacerme sentir una escoria andante. (Pero lo que no saben los psicólogos y nunca les voy a contar es que cada fin de semana para no tener cargo de conciencia, siempre estoy esperanzado que llueva a cántaros o algún compañerito escolar me salve con un cumpleaños imprevisto)

El sábado amaneció frío pero con sol radiante, por ello sugerí que lo ideal serían actividades al aire libre. Salir en auto, llegar al puente de la Barra, tres pasadas a toda velocidad para que el varón emocionado disfrutara como loco y la nena asustada llorara como loca, luego estacionar frente al arroyo al lado de una casilla llena de cañas de pescar y afines. Ni bien bajamos un viento helado estaba esperando pacientemente para atacarnos, traté de sugerir otro paseo pero el entusiasmo de los niños iba creciendo a cada instante. Imaginaban que en pocos minutos estarían batallando contra un cardumen de corvinas negras de por lo menos diez kilos cada una (creo también que mi hija nombró la palabra tiburones) En la casilla una amable joven nos alquiló tres cañas por $45 y carnada por $15, lo que me pareció muy razonable para principiantes como nosotros, además venían incluidos a préstamo un balde, cuchillo y una tablita de madera. Caminamos hasta el muelle donde se reunían varios veteranos con pinta de experimentados pescadores quienes desde temprano ocupaban las mejores ubicaciones, mientras nosotros nos acomodamos por descarte en el único banco de hormigón que quedaba libre. Empecé a preparar todo para el primer lanzamiento, abriendo el nylon descubrí que la carnada era nada más y nada menos que…….camarones congelados. Esto me agarró de sorpresa, seis camarones por quince pesos… ¿seis camarones por quince pesos? ¿más barato que un pan flauta? Si cuando voy a las pescaderías del Buceo para comprar trescientos gramos de camarones tengo que llevar una escribana que me haga el título de propiedad y presentar dos garantías. Y para que pesen más siempre la bolsa trae mezclados a los camarones con mucho hielo, así cuando los termino de cocinar noto otra vez que me embaucaron con un puñado de krilles gigantes, que seguramente los criaron en la bañera de la casa y los hipertrofiaron con esteroides u obligándolos a levantar pesas.
Me dispuse a quitarles la cáscara, cortarlos en pequeños trozos y a ensartarlos en el anzuelo gracias al recuerdo aquellos veranos de la infancia sin otra cosa para hacer que ir de pesca, jugar al balero, al trompo, al futbolito, a la payana o tirarse por la bajadita de mi calle en una chata casera construida con seis tablones de obra y cuatro rulemanes medio oxidados de algún patín ya jubilado.
Iba sintiendo bastante asco, pero frente a mis hijos debía poner cara de póker y que mis movimientos parecieran naturales, de alguien que hizo esto miles de veces Mis fosas nasales registraban un olor nauseabundo emanando desde los dedos, lo que aclaraba el panorama y la razón de ese ridículo costo de los camarones. De frescos ya no les quedaba nada, eso estaba fuera de discusión. Tampoco era que estuvieran algo pasados, digamos en dos o tres días, la potencia que traía la nube con aroma putrefacto podía hacerle perder el conocimiento hasta al pelirrojo de C.S.I. ( ni que hablar al pelirrojo de Omar Gutierrez ) Esto quedó comprobado tras más de media hora observando fijamente que a las boyas de nuestras cañas no las movían ni un Tsunami, por simple deducción los pocos peces que pasaban cerca seguro lo hacían tapándose la nariz, o quizás las branquias (vaya a saber con que parte del cuerpo olfatean los peces)
Así, de a poco los niños iban perdiendo entusiasmo pero sin olvidar increparme cada tres minutos que les diera una explicación lógica y fundamentada científicamente por qué habiendo tanta gente con tantas cañas en ese centro de reunión de millones de animales acuáticos, nadie pescaba ni una lata vacía de sardinas Coqueiro. No entiendo como llegaron mis hijos a la conclusión de: “millones” y además que yo era la versión tercermundista de Jaques Cousteau, con respuestas para cada dilema sobre el comportamiento de cada habitante del mundo marino. Sintiéndome arrinconado busqué improvisar algún manual de pedagogía para emergencias pescaderiles, haciéndoles ver que se requiere paciencia para atrapar algo y el gran secreto es guardar silencio, estar siempre atento a la espera de algún hambriento pez que se hubiera alejado de su familia y al pasar por allí mordiera el anzuelo oculto por los camarones. No sólo que ni les interesó mi relato y continuaron sus reproches, sino que también reconozco que a esa altura yo había comenzado a sentir un aburrimiento monumental, por lo que mi mente se largó a divagar (bueno, eso nunca me costó demasiado) a viajar de a poco a mayor distancias, a fantasear más y más profundamente……….. Casi de inmediato pensé en Michael Jackson y en los años que dedicó a la música, lo triste que fue para la humanidad su trágica pérdida. Recordaba su prolífica carrera, la cantidad de canciones tan hermosas y enseguida me concentré en Billy Jean con aquel inolvidable paso de caminata hacia atrás bautizado “moon walker”. Queda claro que siento gran admiración por Mike (así le decíamos los íntimos) y desde que vi por primera vez el video clip estuve ensayando horas y horas tratando de copiarle el paso a mi ídolo. Jamás logré desplazarme más de cinco centímetros, además desistí luego de aquel intento que me tranqué con la alfombradle living y caí como podrido, me hice tremendo esguince de tobillo y debí guardar cama durante dos semanas con la pata hacia arriba.
De pronto me sacó de trance el brusco movimiento de un vecino que tenía colocados en su caña unos diez anzuelos y había enganchado un pejerrey, en mi opinión algo más pequeño que Nemo. Pensé que lo devolvería al agua, porque dado el tamaño aunque quisiera consumirlo entero no le servía ni para preparar un bocadito de sushi. En cambio lo guardó en el balde como un trofeo, se me ocurrió entonces que lo mejor que podía hacer era llevárselo, darle un par de manos de pintura verde fluorescente y tratar de enchufárselo a algún acuario como el famoso peixe iluminado, rara especie en extinción traída del Amazonas.
Media hora después y cuando creía que en ese muelle no cabía ni un alfiler más, apareció una pareja de abuelitos aventureros. Él cargando tres cañas, ella una bolsa de supermercado y tres taburetes plegables de playa, trayendo de la mano a un pequeño de entre dos y tres años. Probablemente era el nietito a quien llevaban cada tanto a pasear para que sus padres tuvieran un rato de descanso los fines de semana. Por el frío atroz lo habían abrigado como para que resistiera solito el Sitio de Stalingrado, vistiendo un pantaloncito de gruesa pana, botas de lluvia, gorro de lana con pompón, bufanda de dos metros de largo que le daba no menos de cuatro vueltas alrededor del cuello y la cabeza, dejando apenas una mínima rendija para respirar, y para que lograra ver por donde caminar seguro le habrán colocado un GPS en el gorro. Traía también puestos innumerable cantidad de buzos invernales bajo una campera cuyo talle se notaba ya escaso, todo esto junto no le permitía ni bajar los brazos. Entre esa sumatoria de ropa, los brazos extendidos y la bufanda tapándolo casi por completo, el pobre se había transformado en una mezcla de momia del hijo de Tutankamón con la versión miniatura de Jesucristo en el Corcovado. Le era imposible sostener una caña, lo único que podía hacer era andar con el balde colgado de un brazo, la bolsa de bizcochos en el otro y cuando quería comer alguno le pedía a la abuela se lo metiera en la boca.
Después de esa distracción me sentía resignado por el rotundo fracaso de la pesca, no tuve dificultad en convencer a los niños para retirarnos a alta velocidad. Reaccionaron como gatillo fácil, en ese momento cualquier actividad encerrados en cuatro paredes parecía mejor que seguir chupando frío y aburriéndose en forma constante.
Cuando devolví los útiles de pesca la amable propietaria de The Barra Rent- a Caña viéndome como otro incauto más que no había logrado sacar nada, por piedad me ofreció un lugar donde lavar las manos al costado de la casucha.
Ni bien abrí la canilla las pocas gotas que me cayeron fue como abrazarse con el mismísimo Moreno, aquel que de joven se recibió de Perito (nadie sabe de qué) luego compró un terreno en el sur argentino para plantar soja, y cuando fue a vivir se dio cuenta de que lo habían estafado con un glaciar. Hoy lo explota como atracción turística.
A lado de la canilla se encontraba un jaboncito con mugre acumulada de varias temporadas, al que sólo le faltaba el cartel que dijera: “Pista de patinaje para toda especie de virus de gripe, desde la A hasta la Z. Bienvenidas bacterias de cualquier cepa. Prohibido el ingreso con alcohol o Tamiflú”.
No quise ni mirar fijo a ese tramposo jabón , decidí mejor llevarme puesto el tufo que luego quedó también impregnado por tres días en el volante del auto, cepillo de dientes y casi todos los picaportes de casa.
Demás esta decir que apenas se alejó mi auto la chica volvió a congelar los camarones que me sobraron y pasaron a ser carnada del siguiente incauto ese fin de semana.
Para las próximas vacaciones de julio voy a poner un aviso en el Gallito Luís que diga:
“Busco profesor de pesca y camping para alumnos de 6 y 10 años, con experiencia en arroyos, ríos, sierras y montes, que motive a los niños a actividades al aire libre, les enseñe a lavarse la ropa, hacerse solos las camas, cocinar, planchar, y fundamentalmente que no se le ocurra incluir a los padres en la excursión”
Y si no aparece ningún candidato, pongo este otro:
“Busco psicólogo para paliar sentimiento de culpa por no sacar a mis hijos a ningún lado los fines de semana. Prefiero las sesiones los sábados y domingos”

lunes, 19 de enero de 2009

Por las calles de Montevideo

Por las calles de Montevideo

Vivo en un edificio donde los fines de semana no hay manera de dormir aunque sea hasta un rato más tarde. Los sábados se instala la feria y desde la madrugada los camioneros arman sus puestos a grito pelado, amparados por la oscuridad lanzan contra la vereda los caños de las carpas sin la mínima delicadeza, mostrando indudable resentimiento contra quien esté descansando. A ellos se les suman los noctámbulos hurgadores quienes con puntualidad inglesa cabalgan con sus robustos equinos tan bien alimentados, y estos mantienen rítmico trote golpeando los cascos sobre el pavimento que de a poco me va taladrando los tímpanos. Para ponerle la cereza a la torta, los vecinos del piso de arriba que son como ocho y nunca se conforman con la disposición de su hogar o quizá se ganan la vida dando clases de Feng Shui, pasan desde temprano y hasta cualquier hora de la noche empujando muebles en todos los dormitorios y en todas las direcciones. Si bien ya estoy resignado a esta rutina, cada sábado me acuesto con la ilusión de despertar a las once pero cada domingo mis hijos tiran abajo esa ilusión, y este último domingo no fue la excepción. Sin fuerzas ni para despegar los párpados, desde las nueve tuve que bancar en la tele varios dibujitos animados bastante tontos, aunque el peor por lejos es Dora la Explotadora (quien le compró al mono unas botas rojas espantosas que además le quedan cinco números más grandes, por eso en cada capítulo para desquitar su inversión hace laburar al pobre animalito mientras ella no mueve un dedo).
Al llegar el mediodía hacía horas que sin hacer nada seguíamos dando vueltas en casa, cuando mi señora propuso llevar a los pequeños a tomar aire. La expresión" tomar aire" siempre me ha generado la duda existencial: ¿entonces qué toman mis hijos el resto de la semana para oxigenar sus pulmones? Y si el aire de casa esta viciado al punto que corren riesgo de perder el conocimiento, ¿no sería mejor cada tanto levantar las persianas o abrir alguna ventana?
Para respetar la tradición y jerarquías familiares se me ordenó meter al auto una gama completa de accesorios como para cubrir cualquier cambio climático posible en las siguientes 3 horas:
Bolso con cientos de baldes, moldes y palitas playeras; monopatín, pelota y bicicletas por si arrancábamos al Parque, sin descuidar el rubro Abrigos: buzos, camperas, pilots y paraguas ante posible huracán categoría cuatro proveniente del Caribe. En mi ropero quedó sólo la frazada rota que usamos para planchar. Ni miras de salir y el reloj ya marcaba la 1pm, ahora restaba la incertidumbre de cuánto le llevaría a la patrona pintarse los ojos. De veras me cuesta entender por qué las mujeres se maquillan tanto los domingos, y mucho menos entiendo que se echen un frasco entero de perfume cuando caminan por la costa o van solas al Super. Muchas incluso previendo encontrar amigas en el Shopping visten ropas estrafalarias tipo sábado a la noche, y si en alguno de esos encuentros las otras le llegaran a ponderar su elegancia (sea por error o milagro divino), ellas con el ego por las nubes pero fingiendo humildad responden que agarraron casualmente lo primero que había en el placard.
Siendo la 1y30pm cargados hasta el techo partimos en busca de la Rambla, enseguida bajé los vidrios para que ingresara el tan necesario aire, motivo central de nuestra salida. Al llegar a Avenida Brasil y a pesar de tener el semáforo en verde una caravana de autos adelante nos hacía avanzar en cámara lenta. Cientos de jóvenes y no tan jóvenes enarbolando banderas y propaganda política de todos los partidos, metían casi de pesado papeles hacia adentro de cada coche. Claro que nadie me obligaba a agarrarlos pero sentía notoria presión psicológica con la mirada, como acusándome de traidor a la patria si no les recibía la propuesta. Por razones desconocidas en cada período electoral me da bronca y más que nada pena ver tanta gente bajo sol abrasador dedicando su tiempo libre para promocionar a candidatos presidenciales, pues si éstos llegan a obtener algún cargo público nunca se acordarán ni de contestarle las llamadas a aquellos ilusos colaboradores.
Luego de atravesar ese peaje quedaron dentro del auto cientos de panfletos que durante varias cuadras después de a poco fui lanzando por la ventana sin que nadie lo notara (no quise aquí darle pie a mi esposa en repetir que siempre estoy dando el mal ejemplo).
Seguimos nuestro paseo arrancando los menores con su cuota diaria de peloteras por cualquier motivo, en minutos el "callate tarado o callate estúpida" eran moneda corriente de intercambio. Si en las curvas la pierna de uno rozaba la del otro, era suficiente para que el damnificado aullara que se corriera el otro idiota. Empecé a buscar por cada rincón del cerebro (zona imaginación) cualquier idea que retornara a la armonía, pero no logré encontrar ni una, por eso tras experimentar con cuánto aparato a cuerda o a pilas que haya en el mercado, puedo afirmar con autoridad que ni todos los genios japoneses y chinos juntos han logrado fabricar hasta el momento alguno que me dé una mano aunque sea por cinco minutos.
Mi esposa me tiró el fardo, aún sin decir una palabra pude leerle el pensamiento:
_"Yo me los banco toda la semana, ahora hacete cargo y ocupate de ser padre por un rato, así sentís en carne propia cuando te cuento que me sacan de quicio".
Puso el MP3 al mango y se dedicó a limar y pintar sus uñas en forma displicente, como si estuviera en el Spa del Conrad usufructuando un voucher de garrón.
Me había dejado sólo contra el mundo. Intenté desviar la atención abriendo con el clásico veo-veo de emergencia preguntando por una cosa que empieza con M y termina con R. Silencio general (bien, por lo menos algo conseguí). No iba a darme por vencido así nomás, continuando con una que empieza con A y termina en S. Nada. ¿Qué tal si empieza con S y termina en O? Mi ansiedad iba creciendo al punto que ya me servía cualquier respuesta, incluso cuando nombré una cosa que empieza con R y termina con S, la menor dijo "reloj", respondí con fuerte exclamación que había acertado. Me desenmascaró su hermano mayor y perdí toda credibilidad. Probé jugar mi última carta con el pegadizo canto de "La cucaracha", pero en segundos debí cortarla al percatarme de que nunca aprendí como seguía la letra después de" las dos patitas de atrás".
Haciendo una reflexión, todo padre busca para a sus hijos la mejor educación posible y enseñanzas propias tratando de que ellos las asimilen así poder enfrentar las dificultades en la vida cuando sean adultos. Pero ya que mi capacidad pedagógica había resultado bajísima (en realidad nula) y al reiniciarse el conflicto no encontré otro recurso que tirar la toalla, desconectarme mentalmente y que se reventaran el tiempo que quisieran. A partir de ahí me dedicaría a disfrutar del paisaje, admirar autos nuevos, la gente en la playa, mucha cola less, las olas, un par de tablas de wind surf navegando a gran velocidad, cuando no recuerdo exacto si fue entre Malvín y Punta Gorda o en Carrasco, en una de las pescaderías clásicas sobre las rocas me llamó la atención el pizarrón donde escriben con tiza:
Hay Corvina,
hay Pejerrey y Majuga
en cambio rezaba: HOY ÑOQUIS.
A través de los años he visto anuncios raros y comido en lugares muy atípicos por las calles de Montevideo, pero esto superaba todo lo anterior.
Los nenes fastidiados de viajar y con ataque repentino de hambre, seguían los gritos, mi esposa se sacó auriculares entrando al ruedo con descontrolados alaridos para imponer orden, yo que no soportaba un minuto más. Hice bajar a todos en busca de algún suceso sobrenatural que me ayudara, pero también por el espíritu aventurero y la enorme curiosidad de comer ñoquis en una…. Pescadería.
Al frente, sobre la mesada cubierta de azulejos blancos una doña regordeta fileteaba merluza con maestría frente a la admiración del público, luego colocaba las postas sobre esa apócrifa balanza igual a la de verduleros en ferias barriales que siempre marca mayor quilaje para poder arrancarles unos pesos extras a incautos compradores.
Abriendo al medio una corvina y sin levantar la mirada nos señaló el caminito de hormigón con bordes mal terminados que conducía hasta el restaurante. Al fondo ya en la arena dos parejas y varias familias sentadas alrededor de añejas mesas metálicas, todas ellas con agujero central para la sombrilla, parecían haber sido el tradicional mobiliario del RODELU de Malvín durante su esplendor en los sesenta, pero muchos años después por el ataque constante del viento, la arena y el agua salada, habían quedado tan oxidadas que antes de apoyarle encima cualquier alimento seguro los mozos nos darían un refuerzo de la antitetánica.
El "comedor" era perimetrado por cuatro troncos enterrados en la arena y sobre ellos un grupito de cañas atadas entre sí al mejor estilo a la que te criaste intentaban crear un techo que bloqueara el pasaje de los rayos solares, pero los rayos solares ese día estaban muy rebeldes y se negaban a obedecer.
Nos acomodamos en la única mesa disponible llena de platos con restos de comida, cubiertos desparramados, botellas de a litro y algunos vasos con poco líquido. De no sé dónde surgió un mozo de aparentes setenta años luciendo incipiente barba de tres días, piel quemada y manos agrietadas de tantas salidas al mar en chalana. Calzaba unas Sorpasso bordeaux desteñidas modelo " habitante de la Costa de Oro 1970", short negro y camiseta blanca que por ser dos talles menor o haber encogido demasiado dejaba al aire libre una franja del voluminoso vientre, con la sensación que su ombligo saldría disparado en cualquier momento como tapón de sidra a fin de año. El hombre se puso a hacer algo parecido a limpiar. Digo parecido pues con un fregoncito atorrante bastante oscurecido de tanto trajín desplazaba y juntaba las migas en un rincón, enseguida las arrastraba con golpe cortito y veloz hacia la arena para que las aves lugareñas finalizaran la tarea. Además de usar el cabello muy largo y haberlo peinado por última vez hacía tiempo se notaba que tampoco lo arrimaba habitualmente a la ducha, mucho menos al champú, por eso cuando se inclinaba hacia adelante caía sobre la frente un mechón largo y espeso tapándole todo un ojo, esto lo convertía en una especie de Flogger jubilado. Y al limpiar mi sector de la mesa quedó quieto por un instante de perfil, viendo en primer plano su oído derecho estuve tentado a preguntarle si era familiar directo de Madame Tussaud o sólo frecuente proveedor del Museo.
¿Qué le pediríamos para almorzar? : Por supuesto, la especialidad de la casa.
Cinco minutos de espera…
diez…
quince….
Cuando dejó los cubiertos, al distribuirlos me di cuenta que no había ni dos del mismo juego, y los vasos tenían más huellas digitales que la sección cédulas en el Ministerio del Interior.
Mi barriga había comenzado a hacer ruidos como si el Alien quisiera escapar. Para calmarlo saqué de la panera dos grisines, aunque por la humedad que traían apenas di el primer mordisco tuve que desatar y aflojar los championes porque se me habían hinchado los juanetes.
Igual que en el Montevideo colonial, habían dado las tres y continuábamos serenos, ni noticias de aquellos ñoquis. Los pájaros siguiendo atentamente nuestros movimientos de a poco se venían más y más encima (¿creerían tal vez que tengo vínculos con Hollywood y me encontraba haciendo un casting para Alfred Hitchcok?) Sin amedrentarse por la proximidad los nenes decidieron lanzarles varios pedazos de pan, pero estos estaban tan duros que al segundo lanzamientos casi desnucan a un gorrión, mientras que a una joven gaviota se le trancó un miñon en el cuello y se puso a agitar la cabeza en forma descontrolada, mezcla de estar poseída por espíritus malignos y haber quedado pegada a un cable de subestación. Igualmente se alejó volando pero intuyo al ratito debió morir asfixiada, a menos que otra gaviota amiga le haya hecho respiración pico a pico.
Se produjo el ansiado milagro, llegó doña fileteadora quien pasaba a oficiar de moza, y cuando iba sirviéndonos los platos vi que tampoco era muy proclive a la limpieza, teniendo su dedo gordo algo hundido en el tuco y varias escamas colgándole del meñique. Lucía el mismo delantal del sector "pesca", con cuantiosa mugre acumulada en tantas jornadas laborales, era evidente que no volvería a verse blanco ni fregándolo día y noche durante tres meses seguidos con el jabón de la descarga. Acá estábamos regalados. En un rezo silencioso me encomendé al supremo creador para que condujera cada ñoqui en forma amable por mi aparato digestivo, desde su ingreso hasta la transformación final, y por favor no olvidara exterminar la multitud de bacterias que nadando alegremente en ese tuco nos causarían una inevitable diarrea.
Pinché el primer bocado…. (Análisis de las papilas gustativas)……. ¡No lo podía creer!….. ¡Maravilloso! Un exquisito sabor acompañado de suave salsa pomarola como pocas veces había probado y como sólo un selecto grupo de mortales conoce el secreto de su preparación. Mi porción voló en instantes, pero como ambos hijos dejaron más de la mitad me causó enorme pena que tanta comida fuera tirada a la basura, así contra mi voluntad y en especial contra la de mi señora traté de picotear sólo unos poquitos. Charlando de bueyes perdidos sin darme cuenta desaparecieron en un santiamén. Mister old fat Flogger vino a ofrecer flan casero que debí rechazar por encontrarme ya próximo al esguince estomacal, entonces sacó del short un papel prácticamente higiénico lleno de garabatos y jeroglíficos, esto me aclaraba definitivamente que la empresa jamás aportó ni aporta medio centavo a D.G.I. Le pagué, pero de inmediato se me juntaron la rebeldía genética (segura herencia de padre, madre y/o tutor) más la bronca de haber tributado un impuesto que los dueños se meterían al bolsillo, la cosa se había transformado en relajo pero sin orden. Y para no sentirme tan sumiso, tan corderito como aquellos que odian armar escándalo en los restaurantes, le pedí irónicamente hiciera una factura a nombre de Evadil S.A. e inventé cualquier número de RUC. Con el "ya se la traigo maestro" a flor de labios partió raudamente hacia adentro, si bien ambos sabíamos que ni tenía facturas y demoraba adrede especulando que el calor sofocante nos obligara a marcharnos. Yo trataba de resistir, no me iba a doblegar así nomás. De pronto lo detecté observándome sigilosamente tras la banderola del baño, y al cruzarse nuestras miradas se escondió raudamente. Yo seguía tratando de resistir, y decidido en ir a encararlo me frenó el "vamos" sistemático e incansable de cada familiar, que además les importaba un bledo si me traían o no una factura. La presión fue demasiada, mi resistencia hacía agua por todos lados y estaba casi hundida. A otra cosa, la derrota era inminente. Resignado me levanté para irnos, pero ni bien me puse de pie noté el endurecimiento y tamaño de mi barriga, así junto a todo el personal de la pescadería nos encontrábamos a "punto caramelo" para servirle como fuente de inspiración a Fernando Botero.
A partir del momento en que ingresamos al auto ya ni me importaba divertir a nadie, la única meta había pasado a ser una siesta gigante y daba igual si en las siguientes 24 horas el planeta entero explotaba en mil pedazos.
En el momento que abrí la puerta de casa mi señora nuevamente razonó con mayor rapidez y corrió hasta el dormitorio declarándose completamente agotada (nunca supe por qué). Me topé con la bolsa de cuatro películas alquiladas hacía una semana, como es habitual no había visto ninguna y se estaban acumulando multas cual taxi esperando en la calle desde hace una hora. Iba a salir despavorido a devolverlas, pero cierto click en la cabeza me hizo bajar un cambio recordando que ya era tarde, en Blockbuster nunca me dieron ni diez segundos de tolerancia y seguro estarían con la olla humeante listos para cocinarme.
Mis hijos con sobrado dominio del Manual de psicología para manipulación de padres, abrieron el Capítulo I:
Formas de impostar voz de pollito mojado para acompañar a papá en los mandados. (Se debe reiterar la solicitud hasta una total inflamación testicular paterna. Hay que finalizar cada frase con la palabra porfi)
Y cuando nos fuimos del videoclub pasaron a Capítulo II:
Cómo lograr que el muy gil nos lleve al Parque infantil.
Me comí estoicamente seis vueltas de calesita, cuatro de pista Monza, dos en tren fantasma y una del gusano manzana que no sabía lo habían reformado y ahora anda a más velocidad que esos inconscientes choferes de camionetas transportando escolares. Debí pedir que detuvieran el juego ya en el primer giro porque los nenes con los pelos de punta estaban llorando a mares, aunque esto fue excusa ideal para cortar el flujo de consumos y salir corriendo. Volvimos al anochecer. El auto, que fue lavado a fondo el día anterior tenía esparcidos entre el asiento trasero y gran parte del piso casi todo el pop, pedazos mordidos de churros con azúcar más la Fanta entera bañando el tapizado. A esa altura me asemejaba mucho a una piltrafa humana, mirándome al espejo con ese doble juego de ojeras bajo cada párpado inferior ni me reconocí pensando se trataba de otro señor, muy parecido pero diez años mayor. Sin ganas ni de cenar me arrastré como pude hasta la catrera. .
El próximo domingo no sé qué voy a hacer para distraer a los nenes, confío que caiga una fuerte tormenta acompañada de relámpagos y granizo así dejo tranquila a mi conciencia. Pero a la hora del almuerzo si llego a tener antojo de pescado, sin dudarlo voy a llamar a La Spezia y a La Sin Rival preguntando a cuánto están vendiendo el kilo de brótola.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

ACUMULANDO PUNTOS

Acumulando puntos

Cualquier empresa que haya lanzado alguna vez al mercado un programa con el que se pueda acumular puntos ha logrado con éxito la más absoluta fidelidad por mi parte y de toda mi familia. Nadie se puede quejar, ni los Supermercados ni las tarjetas de crédito, o el Abitab donde pago mensualmente la luz y teléfono. Pero en todos estos años nunca logré juntar suficientes puntos como para vanagloriarme de haber ganado algún premio interesante, más que un secador de pelo al cual mi mujer nunca me dejó tocar, o una plancha que vive viajando de service en service mientras yo sigo yendo a trabajar cada día con la ropa bien arrugadita al estilo acordeón . También obtuve un microondas que cuanto más tiempo encendido más y mejor enfría la comida, creo que usa ondas AM de Radio Montecarlo con la voz grabada del señor Bello en “Aquí esta su disco”, y una tostadora atorranta que todas las mañanas se le tranca la feta de pan por más finita que sea, y si por milagro logro pescarla con el tenedor, siempre sale rota y bien chamuscada.
Además, no importa cual sea la táctica que le sugiera a mi señora para lograr mayor puntaje conjunto, igual nunca consigo nada: Si digo que compremos todo en el Disco, una especie de fuerza sobrenatural la lleva hacia Tienda Inglesa, y si cambio de estrategia pasándome de golpe a Tienda Inglesa, ella arranca para el Macro.
Pues bien, cuando ya resignado a que nunca lograría ganar nada importante, increíblemente llegó un mail de American Airlines que había acumulado suficientes millas para el premio a Estados Unidos. Al margen de que la emoción me embargó, apuré el trámite e hice la reserva pues coincidió que necesitaba viajar por trabajo, pero mayormente porque creía que con los actuales líos económicos mundiales la compañía aérea podría hacerme la “gran Pan American”; O sea fundirse tranquilamente en cualquier momento dejando a todos los pasajeros tirados por el mundo, en un seguro “arreglate como puedas and go to sing to Magoya”.
Confieso que con gran pesimismo fui en busca del premio, e increíblemente el premio existía de verdad. Pero no venía en forma graterola como bien supuse, había que pagar una tasa de 75 dólares que nadie de American supo justificar su razón más que con argumentos insostenibles.
Por antiguos problema de rodillas pedí cualquier asiento frente a la puerta de emergencia, pero como de costumbre, como cada viaje que he hecho, me contestaron que debía hacerlo bien tempranito en el “check in”, y aunque llegué al aeropuerto cuatro horas antes igual me anunciaron estaban todos ocupados desde hacía semanas. Creo que me voy a ir a la tumba sin entender como acceder a este curro.
Atravesar el Free Shop fue un suplicio. Mientras paseaba despreocupado los vendedores me dejaban tranquilo como a mi me gusta, pero cuando me detuve que mirar un perfume se me abalanzaron varias jóvenes obligándome a oler las nuevas fragancia de ni sé qué fantasmas franchutes. En dos minutos ya me habían rociado con más de diez spray diferentes, comenzando en las palmas de mis manos y terminando casi por los codos. Para sacármelas de encima les dije que me disculparan, pero por tener la glicemia tan alta el médico me había prohibido usar perfumes hechos por el socio de Gabbana. Como ni entendieron cambié la táctica y con naturalidad pregunté si les quedaba VITESS o AVANT LA FETE, por lo que se quedaron mirándome desconcertadas, y resignadas a que no me sacarían ni un mango se alejaron con la excusa que las estaba llamando la supervisora.
De la interminable lista de encargos hechos por mi madre, mi hermana y mi señora, recordé la crema antiarrugas Stendhal. Cuando vi el tamaño del pote pensé que sería una muestra gratis, pero al oír el precio, descubrí que cada gramo es un poquito más caro que la Heroína. Es más, creo que los narcos pierden el tiempo traficando tanta droga que los expone a largos períodos de prisión. En su lugar deberían comprar un par de kilos de esta crema Stendhal, en un bowl industrial tipo Panadería mezclarlos con diez kilos de Doctor Selby , cuatro de Ponds y veinte barras de jabón BAO (rallado fino), mandar a fabricar a China unos doscientos potes truchos, rellenarlos, y al mejor estilo AVON ofrecerlos casa por casa a un treinta por ciento más barato.¿Quién los va a descubrir? si allí estaban varias señoras probando y comprando estas cremas que seguro venían usándolas desde hacía tiempo. Al observarles el cutis más de cerca concluí que todas sin excepción habían quedado algo peor que Manuelita tras su ajetreado regreso de París a Pehuajó.
Durante la espera para entrar al avión me encontré con un tipo que parecía conocido, de esos que veo cada muchos años, él se acordaba perfectamente de mi nombre, el de mi esposa y el de cada uno de mis hijos. Yo en cambio, ni el nombre y ni siquiera de dónde lo conocía, tal vez estuviéramos peleados desde niños y me había olvidado el motivo, o quizás jamás habíamos conversado anteriormente. Esta última teoría ganó fuerza cuando apenas comenzamos el diálogo noté que hablaba de gente, calles e historias con las que nunca tuve vínculo alguno. Cada dos frases me nombraba a un tal Garbarino y un tal Menéndez del Club de Golf, y lo más cerca que he estado del golf es cuando le agrego salsa a los palmitos. Pero no quise desairarlo porque en ese momento estábamos en perfecta simbiosis, nos precisábamos mutuamente para hacer pasar el tiempo, así que seguí dialogando porque igual no tenía donde escapar.
Luego contó de sus problemas al por mayor, el perjuicio que le causó la caída de la Bolsa, el presupuesto de enviar los hijos a colegio pago, el costo de la salud. Si bien no me interesaba nada de su relato, por solidaridad me acoplé a la charla explicándole que no estoy en mejor situación, que todo me resulta caro, que la canasta familiar, la educación, lo que subió la ropa, que casi no acumulo puntos en el Supermercado, bla bla bla, etc. Cuando se hizo un silencio y no quedó tema para seguir, oímos el llamado por altoparlante a los pasajeros de Primera Clase o Ejecutiva, y ante mi atónita mirada el bajoneiro se despidió saliendo raudamente hacia la cola de privilegiados.
Quedé sólo y sorprendido, pero de inmediato traté de sobreponerme y me vino a la mente esa última esperanza que tal vez alguien se apiadara y me diera un asiento sin nadie al lado para poder descansar mejor. Al ingresar una azafata tomó mi ticket en el que resaltaba la palabra “no charge”, y sin perder tiempo en dirigirme la palabra, cabeceó con ese gesto inconfundible de “seguí pa´triqui”. Pasé caminando por “Primera” donde la mayoría eran yanquis y europeos que ya estaban leyendo Newsweek o escribiendo estupideces en sus Laptops ni me prestaron atención, seguro acostumbrados a viajar seguido con esa comodidad. Pero en “Ejecutiva” volví a experimentar la eterna sensación que me persigue desde hace muchos años. Tanto los yoruguas, los porteños e incluso el bajoneiro, que habían garroneado abiertamente, todos concentrados mirándome a mi, solamente a mi, con esos ojos mezcla de goce y recelo contra posibles polizontes compartiendo el mismo pensamiento:
_”Andá para Económica pedazo de bichicome, ni te atrevas a pedir para sentarte con nosotros. No nos queremos contaminar de gentuza como vos”.
Y para que se prolongara mi tortura quedé trancado por una señora parada adelante que no encontraba lugar para su súper baúl de cien kilos, el cual hasta hoy no sé como le dejaron subir (por un bolsito de mano tamaño lonchera escolar ya me hubiesen bajado del vuelo, con un guardia y esposado) Se sentó la doña, el baúl seguía oficiando de barricada pero a ella poco le importaba. Los garroneros continuaban clavándome sus ojos, ni desviaban la mirada, cada segundo me parecía una hora. Apareció un funcionario salvador de American y tras acomodar el baúl me pidió otra vez el ticket. Balbuceó algo en inglés cerradísimo mezcla de Oklahoma y Nebraska, lo poco que logré entenderle fue que siguiera hasta el fondo pasando el baño, y luego creo murmuró que por lo repleto que íbamos y dada la categoría de mi pasaje, en lugar de un asiento me darían una hamaca paraguaya.
Me acomodé en la última fila, al medio, butaca central, bien rodeado por dos ursos pinta de basquetbolistas americanos, con más de dos metros cada uno. Mi “good afternoon” cayó en saco roto como si no hubiese hablado y por ende la respuesta nunca llegó. Esto ya empezaba mal, aunque tal vez podrían ser sordomudos y estaban yendo a los Juegos Paralímpicos, o por los auriculares que les colgaban estarían concentrados en la música de sus Ipods
Antes de la tan demorada partida, con un calor sofocante y sintiendo que en cualquier momento moriría de sed apareció mi conocido desde adelante quien, vaso de champagne en mano y sacándose de entre los dientes un resto de langostino se acercó a decirme fuera a visitarlo después. Con fingida sonrisa le contesté que por supuesto iría en un rato, aunque ambos sabíamos que no me permitirían ni acercarme a Ejecutiva. Arrancamos hacia la pista al tiempo que nos enchufaban el video para casos de accidentes. En la pantalla apareció el dibujo de un avión flotando en el océano con toboganes en las puertas de emergencia, mientras que en el pasillo nuestras azafatas se pusieron a lanzar algunos manotazos inentendibles hacia el fondo y los costados. Como no entendí nada no presté mucha atención porque calculé que si de verdad hubiera una desgracia y por decisión divina yo quedara vivo, seguro no sería el único y saldría detrás de alguien que sí había entendido para donde correr.
Despegamos. Turbulencias constantes. Usando mi máxima fuerza lumbar traté de reclinar el espaldar y logré moverlo digamos… un grado, un grado y medio. Me sentía prensado como matambre casero, comprimido en medio de los dos simpáticos mastodontes. El de la derecha, con claros signos de vegetaciones no operadas en su niñez, respiraba tan fuerte que casi no permitía que el oxigeno bajara a mi altura, mientras mis rodillas se clavaban contra el asiento delantero y se me habían acalambrando las pantorrillas, así que sólo me quedaba salir cada tanto a caminar por el pasillo para que mi cuerpo descansara un rato.
Cuando llegó la cena no hubo sorpresas ni esperanzas de cambios en el siempre previsible menú aéreo:
O chicken, o pasta, pasan los años y estos dos platos siguen gobernando en Económica. Hice el clásico Tin- marin -de -do ¬¬-pingüé mental y quedó la pasta, que resultó un interesante engrudo digno de ser usado para deberes domiciliarios de “corto y pego” en cualquier jardín de infantes. Lo comprobé fehacientemente luego de haber llegado a Miami y tener que hacerme un autoenema tras cuatro días sin movimiento intestinal.

Terminada la ronda de café todos a mí alrededor se durmieron enseguida, mientras yo comenzaba de a poco a desesperar por lavarme los dientes. Estuve ensayando mentalmente la estrategia para lanzarme por encima del más bajo de mis vecinos. Apoyé las manos en el asiento delantero, pegué un saltito a oscuras con tal mala suerte que caí sobre su pie izquierdo, al tiempo que le tiraba del pelo a la señora durmiendo adelante. Flor de puteadas llegaron en varios idiomas (se disiparon mis dudas, los tipos no eran mudos).
Dado el olor reinante apenas abrí la puerta, cual experimentado buscador de perlas en arrecifes coralinos me puse a aguantar la respiración, y aunque era una aeronave bastante nueva y amplia, seguro que los ingenieros habían olvidado de calcular el tamaño de los toilettes que medían casi cero por cero metros. Ni bien bajé el pantalón y me puse a orinar, una nueva turbulencia volvió a agitar el avión como si fuera de papel. En instantes el chorro adquirió vida propia y se largó a decorar tanto la tabla y la tapa del inodoro así como las paredes laterales. Limpié todo rapidito como pude y no como hubiera querido, porque sentía bastante asco y necesitaba salir a recuperar oxígeno. Regresé a mi lugar pero decidí hacerlo por el lado opuesto. Nuevo intento de salto alto, pisada y puteada del otro Yeti.
A mitad de la noche, vencido por el cansancio y casi profundamente dormido mi naríz registró un olor diferente, fuerte, tóxico. Pensé que estaba soñando, pero dentro del cerebro alguna neurona en el lóbulo parietal le dio a mi ojo izquierdo la orden de abrirse de inmediato. Sólo alcancé a ver una figura masculina que a paso ligero se dirigía al baño, y emulando al Cometa Halley venía largando su densa estela de gases. Cuatro filas adelante un bebé comenzó su sesión de llantos que duraron dos horitas, tal vez por dolor de muelas, tal vez por hambre o quizás por la densa estela. Conmigo y con el bebé creo se despertaron varios, y aunque andaba con un par de Dormicum encima quedé como el Dos de Oro hasta el aterrizaje. Por todo eso no pude obedecer devotamente a Rosario Castillo quien cada noche en el noticiero nos arenga como un Gurú con esa profunda frase filosófica.
A pesar de todo no tuve más remedio que dejar de soñar.

( continuará)

martes, 12 de agosto de 2008

2x1=0

2x1=0
2= son las intrascendentes anécdotas
1=ambas en un sólo mail
0= lo que te va a quedar en memoria luego que los leas.

Canto escolar
El domingo pasado en casa de un amigo estuvimos viendo la película HIT en estilo documental sobre la historia de diferentes músicos uruguayos. Me resultó muy interesante, con un gran trabajo periodístico y mejor edición aún. Vale la pena ver a tantos talentos juntos, algunos de los cuales hacía años no sabía nada de sus vidas.A través de este film se me abrió esa enorme puerta de recuerdos y nostalgia ya desde el principio cuando empieza con un reportaje a Don Aníbal Sampayo, en especial por su canción “Río de los pájaros”, y como si hubiese ingresado al Túnel del Tiempo en pocos instantes me hizo volver a la época escolar. Reconozco estaba algo descolocado y no entendía mucho de qué me estaban hablando, pero ni bien sonaron los primeros acordes enseguida me sentí otra vez entreverado en el coro de cuarto año, allá lejos al fondo y gesticulando en voz baja a pedido de la profesora de canto, por no considerarme entre los más virtuosos vocalistas que hubiese oído en su vida. Para ayudar a esta regresión aquí va la primera parte de la letra:
El Uruguay no es un río,
es un cielo azul que viaja.
Pintor de nubes: camino,
con sabor a mieles ruanas.

Los amores de la costa,
son amores sin destino,
camalotes de esperanza
que se va llevando el río.

Chuá, chuá, chuá, ja, ja, ja,
no cantes más torcacita
que llora sangre el ceibal. Hace bastante tiempo publiqué un cuento diciendo que nunca había entendido algunas de las palabras que entonaba del Himno Nacional ni del Himno a mi Bandera. El problema fue que ninguna maestra se tomó jamás el trabajo de explicar sus significados, lo que nos dejaba como única opción repetir por fonética lo que creíamos haber escuchado. Alumnos, arréglense como puedan. Al sentirme amparado por el grupo, cuando llegaban las frases inentendibles largaba cualquier cosa, lo que me venía primero. Por ejemplo en el Himno Nacional, en lugar de la “Lid clamaremos”, yo cantaba “En la lista amaremos”,y en el de mi Bandera“ recuerdo que un compañeró arrancaba con "Juan retazo de los cielos". En la estrofa "la que entona al tremolar” por años estuve convencido que nos referíamos al premolar ubicado junto a los dientes caninos, y lo increíble es que lo decía con absoluta convicción. Lo peor fue que en una fiesta de fin de curso descubrí por casualidad que sin lógica alguna la mayoría de los compañeros, incluyendo varios “tragas” me tomaron como líder repitiendo mis palabras. Nunca me atreví a contarles la verdad porque en ese período la capacidad de lógica sumada a mis conocimientos lingüísticos eran de extrema pobreza. Y me viene a la memoria otro tema sin resolver contra el perverso programa de Primaria, que me obligó también a aprender un montón de conceptos que nunca más volví a usar: hipotenusa, obtusángulo, acutángulo, paralelogramo (¿existirá el paraleloquilo?)gerundio, pluscuamperfecto y hasta el diptongo (¿ché, esto no significará estafa profunda?).
De esta canción lo primero a destacar es que conozco perfectamente el canto del cardenal, el de distintos canaritos y zorzales comprados en Tristán Narvaja en tantos paseos dominicales, o incluso el del pájaro loco en aquellas memorables mañanas de domingo por Canal 10 tras la señal de ajuste. Pero de la torcacita no tengo el mínimo registro musical y nunca se me hubiese ocurrido que su canto fuera chuá, chuá, para luego cambiar radicalmente la tonada y largarse a emitir una serie de chuá ja ja ja seguidos. Además no comprendo la razón del canto, si es por la llegada del amanecer, porque la hembra se encuentra en celo, o sin importar el género cualquier torcacita siente placer morboso en hacer llorar a los sauces. Por lo tanto y a través del tiempo me afloran hoy las siguientes dudas existenciales: ¿Puede existir algún animalito volador que emita dos tipos de tonadas tan diferentes? ¿No se habrá confundido Don Aníbal cuando caminaba reiteradas veces por el mismo campo al escuchar una torcacita diciendo chuá chuá chuá, tal vez enseguida se oía el ruido de otro bicho, posiblemente alguna hiena amiga del ave que respondía tipo reflejo condicionado con su clásica interjección de risa? Si esta mi teoría aparentemente un poco extraña no fuera cierta, ¿deberíamos suponer que hay animales autóctonos con coeficiente intelectual igual o incluso superior al del los humanos?; Por ejemplo el Chajá, que en época de apareamiento el macho alzado seguramente grita ¡¡Chajá, Chajá!, a lo que la hembra responde: ” Te doy bola pero sólo si sos el de la medallita” . ¿Y en caso del tero, cuando la hembra llama al macho con el característico sonido para que concurra a cumplir su cuota de empollar los huevos, este le contesta? : “Ya voy vieja, esperá que termine el partido de rugby, andá calentando los ravioles” Para ampliar mi conocimiento semántico recién la semana pasada estuve investigando a fondo y descubrí qué son las mieles ruanas. Tengo la gran curiosidad si alguna de las maestras lo sabría en su momento. “Los amores de la costa, son amores sin destino” Pensándolo bien, en aquel período escolar no me decía nada la estrofa y ni siquiera me interesaba porque mi mente se concentraba básicamente en esperar el recreo, a la campana final, así como en la obsesión por conseguir dos figuritas selladas que me faltaron para completar el álbum “El Lejano Oeste”. De lo curricular poco y nada. Pero hoy tanto tiempo después, habiendo aprendido algunas cosas más( no muchas), puedo analizarla mejor y me asalta la siguiente pregunta: ¿Acaso esta premonición significa que es un error enamorarse de alguien que tenga casa entre Shangrilá y Atlántida, pues aunque te cases seguro que el matrimonio no va a llegar a nada?
Para finalizar y siempre con esa ignorancia de palabras raras cantadas por obligación, también tardé años en aprender el significado de “camalote”., y aunque cueste creer o parezca que pretendo meter chistes tontos, yo en realidad decía:
Camarotes de esperanza Que se va llevando el río Porque suponía que el escritor de la letra tal vez tenía algún vínculo afectivo con el Vapor de la Carrera que justamente se había hundido trágicamente en 1963, y esta parte fuera un pequeño homenaje al buque.
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Cómo hacer amigos (No es invento, pasó de verdad, tengo testigos)
1) Tres o cuatro días a la semana salgo a comprar el almuerzo en una rotisería cercana donde cocinan muy sano, verduras frescas y hervidas, arroz macrobiótico, harina integral, etc., sin colesterol, sin fritar, todo desgrasado, todo al horno, todo Light, en pocas palabras… todo haciendo recordar a aquel tema de Palito “Sabor a nada”. Si bien los precios resultan accesibles, las porciones no se pueden definir como abundantes, y la especialidad es la hamburguesita de soja o las micro milanesas de pollo (seguramente hechas de pechugas de varios Chicken little o quizás de algún gorrión hipertrofiado por exceso de hormonas). En materia de pescado también mantienen la coherencia de tamaños y justo ayer cuando me sirvieron el plato, enseguida traté de comunicarme con PIXAR convencido de haber encontrado a Nemo.
Pero para no ser tan cascarrabias digamos que para quienes deban cuidar al máximo su salud el balance del lugar es muy positivo. Si hiciera publicidad y tomara un poco de fama sería la Meca de cocineros de todos los hospitales públicos, como también de cualquier sociedad del deteriorado mutualismo que tan mal servicio ofrecía antes y por suerte ha sabido empeorar gracias al Fonasa.
Dado que una de mis mayores carencias es la paciencia, en general compro lo que haya pronto para poder retirarme a máxima velocidad. Pero justo ayer que venía algo más apurado, una clienta (sesenta y pico) delante mío empezó a consultar por los ingredientes de la torta de manzanas para diabéticos, por la cantidad de edulcorante del lemon pie diet, alguna tarta sin sal que además el relleno no tuviera mucha yema de huevo. Mientras observaba inquisidoramente toda la vitrina, iba desarrollando su teoría de la superioridad de la espinaca sobre la acelga para preparar una sabrosa pascualina, y sin tomar aire para respirar cosa que nadie le quitara la palabra, se puso a señalar las tartas haciendo alarde de su experiencia culinaria obtenida por la completa lectura del libro de Cordon Blue. Que la ricota combinada con pasas de uva, el puerro con calabacín, pasando luego a la página 163, capítuloVII: Postres donde destacó la exquisita unión de las peras con la canela para continuar dando cátedra sobre como mezclar cuanta fruta y hortaliza se plante en Sudamérica. Por las dimensiones del local no tenía más remedio que oír la conversación pero rogando en silencio que la doña se fuera de inmediato, con o sin sus tartas, y a medida que pasaban los minutos por más esfuerzo que hacía en contenerme, el fastidio ya empezaba a invadirme cual espíritu demoníaco. Resultó claro que tiré a la basura el dinero gastado en años de terapia para controlar emociones fuertes y en especial aprender a enfrentar frustraciones varias. Créase o no la mujer se puso a contarle a la vendedora que iba a dar una fiesta para gran cantidad de amigos, todos ellos con la particular característica de tener alta la presión arterial y la mayoría de no poder comer nada con azúcar (sic). Al margen que me importaba un bledo su relato, para evitar explotar por dentro empecé a imaginar incontables fórmulas que la sacaran del lugar ( baldazo de ácido sulfúrico, cerbatana con flecha embadurnada de Curare traído de bagayo desde el Amazonas, abejas asesinas recién desalojadas de su colmena por algún otro feroz panal vecino, misil balístico del tipo tierra-vieja plomazo) cuando nuevamente esa voz interior tan reflexiva, a veces con cierto toque de ingenuidad pero con esos lapsus momentáneos de razón que se larga a preguntarme:
¿Cómo puede existir alguien en este mundo que elija amistades sólo con la condición que sufran de hipertensión o anden con la glicemia por las nubes? ¿Acaso les pide los análisis de sangre para empezar el vínculo afectivo? ¿Andará por la calle con el estetoscopio mirando candidatos que parezcan tener no menos de 18- 10 de presión? O tal vez concurre habitualmente a una Clínica y durante la espera por aburrimiento sale a repartir un formulario casero:
POR FAVOR LLENE CON UNA CRUZ EL ESPACIO QUE CORRESPONDA:
1) ¿Es usted hipertenso? SI NO
2) ¿Tiene el azúcar alto? SI NO
3) En caso que la respuesta 1) y2) haya sido positiva ¿Le interesaría mi sincera amistad? SI NO
De verdad me parecés una buena persona, acá te dejo mi teléfono…………… Nos vemos el sábado, no olvides traer a la reunión los resultados médicos para compartirlos con nosotros, tus amigos del alma.
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